“¿No deberíamos acordar entre todos que la deuda social, que no admite postergación, sea la prioridad fundamental de nuestro quehacer?” (ICN)
Si se responde que sí a esta pregunta, y se entiende también que, en un país con condiciones objetivas suficientes para evitar el padecimiento cotidiano de millones de compatriotas, este paisaje social clama a gritos su inmoralidad, la siguiente pregunta es ¿que estamos dispuestos a hacer, ofrecer, ceder y dar, de que nos desprendemos para dar solución inmediata a este padecimiento? Porque si aceptamos su prioridad, esto implica postergar y resignar otras cuestiones y apetencias.
La respuesta la tiene la política, ciencia, arte y acción a la que han volcado desde siempre su vocación y compromiso quienes se sintieron y sienten moralmente involucrados y heridos por la injusticia y la inequidad social. Por eso hoy y aquí la política es nuevamente interpelada: ante el inmoral, escandaloso paisaje de la pobreza, ¿cual debe ser la ética de la actividad política? ¿cuál es la ejemplaridad de un lider y un dirigente político? Y no estamos hablando de moralismo ni moralina, sino de la solución real y moral a un problema social real y moral. Pobreza, reitero, que acontece en un país que posee todo lo necesario para que no la haya, -incluyendo el dineral argentino depositado en el exterior y que sigue drenando-, pero con una estructura social que la ha permitido, tolerado y agravado.
Es esta deuda social inmoral la que interroga y señala hoy a la política. Me atrevo a decir que la medida de la rehabilitación ética de la política deberia ser precisamente su aporte a saldar cuanto antes la deuda social, logrando anteponer el bien común a los intereses particulares.
“No hay democracia estable ni profunda sin una economía sana y una justa distribución de los bienes, aunque entre todos debemos seguir trabajando a fin de hacerla realidad y que no quede sólo en una consigna o en un plano teórico o meramente emotivo” (ICN). Hacemos catarsis, nos vamos de acá, y a otra cosa. No, la cuestión es como se construyen y ejecutan políticas públicas de desarrollo integral, desarrollo al que tienen derecho todos los hombres y mujeres por el solo y simple hecho de serlo.
En esta tarea, el Estado, -que es, entre otras cosas, una suma de bienes comunes-, tiene un rol irremplazable, intransferible y estratégico que ninguna crítica a su funcionamiento puede pretender eclipsar o minimizar. La corrupción, en cuanto robo de bienes comunes, y el desapego a las normas y las leyes, aparecen en este marco como síntomas de una gravedad preocupante.
Suele plantearse una contraposición entre lo privado y lo público. Pero si hay un sector privado que hoy merece inmediata atención, es el sector privado de educación, privado de salud y trabajo y de la creación y disfrute de los bienes culturales. Y es tarea del sector público acudir a su solución, porque público remite al pueblo y a popular, conceptos que nada tienen que ver con lo vulgar o lo meramente masivo.
No hay justicia social ajena al bien común, y la búsqueda del bien común implica la justicia social. La deuda social, deuda con personas con nombres, apellidos, rostro, cuerpo y alma, -y no números-, se salda con justicia social. Por lo tanto, la economía se subordina a la tarea prioritaria de saldar esta deuda, la obtención de la justicia social y el beneficio comunitario, dando una vida plena y un desarrollo personal integral y armónico a cada ciudadano, con la política como mediación de los distintos intereses y conflictos sociales. Exactamente lo contrario de reducir el problema de nuestros compatriotas pobres a una partida presupuestaria asistencialista, paliativa y condescendiente.
La disyuntiva es si se acepta la política como salida laboral para bolsillos ambiciosos, como un deporte para poderosos, donde los pobres se usan para las elecciones, y después se tiran, -tal el llamado clientelismo-, o por el contrario, se la entiende como entrega generosa y austera a la causa y al servicio del bien común, o sea, la política y el poder como herramientas de un servicio concreto y cotidiano al bien común. Por un lado, “Billetera mata militante”, si se trata de la captura oportunista de cargos y espacios para usufructo personal o sectorial, -donde todo vale, incluso ser traidor si se avisa-, o si la patria necesita y convoca a militantes que sean sinónimo de idealismo, utopía, compromiso y construcción real, en la realidad tal cual resulta ser.
La inequidad plantea niveles irritantes de desigualdad, con una exacerbada concentración en lo económico, pero también en la creación, manejo y circulación de la información, que hace que la mera difusión, -unilateral-, reemplace a la comunicación y su intrínseca pluralidad de actores y protagonistas, emisores y receptores, dicentes y oyentes.
En estos momentos, asistimos a una banalización y devaluación mediática de la cuestión de la pobreza y la distribución de la riqueza, quizás para desgastarla, para ponerla bajo las luces del Centro y que se derrita, para que rote como otros temas en la calesita mediática, saturada con los problemas cosméticos de una estrellita o estrellada de la tele, y así pasemos a otro asunto y a otro y así, como un tema de moda, hasta que pase y se olvide y se anestesie este dolor urgente que cada argentino y argentina en su digna situación de pobre despierta.
Digna, como decía el Martin Fierro, “pues no es vergüenza ser pobre, y es vergüenza ser ladrón”.
(Intervención en la XII Jornada de Pastoral Social, en el panel "Un desafío para la dirigencia política: valores y riesgos", 19 de septiembre de 2009, San Cayetano)
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